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Gabinete de Prensa [Histórico]
Materiales para los Medios de Comunicación - MED_DOC_02
Fapmi, 01/09/2010

 

LA COMPLEJA RESPUESTA AL FENÓMENO DE LA VIOLENCIA

 

En las últimas décadas la sensibilidad social hacia diferentes formas de violencia familiar ha ido aumentando. Las instituciones públicas, haciéndose eco de esta creciente sensibilidad, están organizando diferentes recursos para la protección y ayuda a las víctimas como ocurre en nuestra Comunidad con la reciente apertura del Centro de Asistencia e Información a Víctimas de Violencia de Género.

En estos momentos, el fenómeno de la violencia está siendo visibilizado fundamentalmente a través de la violencia contra las mujeres debido a su gravedad. Centenares de mujeres en nuestro país, año tras año, sufren maltrato físico, psicológico y/o sexual. Sin embargo, desde las instituciones públicas no puede olvidarse que la violencia dentro de la familia también se ejerce diariamente y en proporciones igualmente escandalosas hacia los hijos e hijas y cada vez más hacia los ancianos.

El fenómeno de la violencia, se ejerza contra quien se ejerza, tiene raíces comunes pues representa siempre el uso, por parte de quien ostenta el poder en una relación, de conductas que por acción u omisión ocasionan daño físico y/o psicológico con el fin de someter al otro.

La protección y apoyo a quien sufre violencia debe de ser un objetivo primordial entre profesionales e instituciones, sin embargo, si de lo que se trata es de erradicar el problema es necesario dar algún paso más allá y tal y como ocurre en el ámbito médico no solo tratar los síntomas de la enfermedad, sino conocer su origen, comprender por qué y cómo se origina para poder prevenir su aparición.

La violencia en las relaciones es un fenómeno complejo que no tiene una causa única. Los modelos iniciales que se ofrecieron, basados en supuestos problemas psicológicos y/o psiquiátricos de quien ejerce la violencia, han sido desechados por ofrecer una visión simplista del problema que en nada ha ayudado a su erradicación. Para que la violencia exista no basta haberla aprendido de niños, sufriéndola u observándola en la propia familia, hacen falta otros factores que trascienden el propio núcleo familiar.

Desde que en la década de los setenta hiciera su aparición el modelo ecológico en la explicación del desarrollo humano sabemos que existen diferentes niveles de influencia que ejercen su acción combinada y conjunta  sobre las personas. Y sabemos que para que la violencia llegue a producirse se necesitan múltiples causas interrelacionadas entre sí generadas y generadoras de creencias y conductas. En un nivel amplio de influencia, se necesita una cultura cuyas normas, valores y costumbres toleren y acepten las relaciones injustas en las que el poder representado por la economía, el género, el estatus o la relación de parentesco pueda ejercerse de forma indecente sobre los más débiles. Un modelo económico generador de exclusión, la aceptación de valores machistas en la base del funcionamiento de la sociedad, la creencia en que los hijos son propiedad de los padres o la tolerancia hacia el uso de la fuerza en la resolución de conflictos son algunos ejemplos de este nivel. Se necesita además, en una esfera más cercana a la propia familia, que los sistemas en los que ésta está inmersa –laboral, sanitario, educativo, ayuntamientos-  permitan y/o promuevan este tipo de conductas y relaciones. Los vecindarios marginales sin apoyos formales o informales, las jornadas laborales excesivas, los sueldos precarios, la ausencia de procesos participativos, la falta de recursos y preparación profesional en el ámbito de la violencia son algunos ejemplos de este nivel. Por último, en la propia familia, donde se fragua la personalidad de quien luego ejercerá o sufrirá la violencia, existen múltiples factores potencialmente activadores de situaciones de violencia. Los conflictos conyugales, la falta de habilidades comunicativas y de resolución de conflictos, la falta de recursos de apoyo a las familias en situaciones de crisis o con problemas como enfermedades crónicas, discapacidad, problemas de conductas o psiquiátricos serían ejemplos en este nivel.

La responsabilidad actual de profesionales e instituciones es aprovechar lo que sabemos para planificar estrategias preventivas que puedan ir incorporando los cambios necesarios en todos los niveles señalados. Somos conscientes del reto que esto supone pues implica una transformación profunda en muchas de las dinámicas sociales actuales, pero somos conscientes también, de que sin estrategias integrales basadas en una profunda comprensión del fenómeno es difícil avanzar en la erradicación de esta grave lacra social.

 

 
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