Incorporar la perspectiva de género en la prevención de la violencia hacia la infancia y la adolescencia no es opcional

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, desde fapmi-ECPAT España queremos subrayar una idea clave: incorporar la perspectiva de género en los programas de prevención de la violencia hacia la infancia y la adolescencia no es un añadido ni un enfoque accesorio. Es una condición necesaria para comprender mejor los riesgos, detectar antes las violencias y diseñar respuestas más eficaces, más justas y más protectoras.

La violencia contra niños, niñas y adolescentes no se expresa del mismo modo ni tiene el mismo impacto en todas las trayectorias vitales. La Organización Mundial de la Salud advierte de que niños y niñas presentan riesgos similares de maltrato físico, emocional y negligencia, pero que las niñas están más expuestas a determinadas formas de violencia, como la sexual. En la misma línea, el informe de fapmi-ECPAT España señalaba que, en relación con el género, las niñas están más expuestas al bullying y a solicitudes de contenido sexual, mientras que los niños sufren en mayor medida violencia puntual e intrafamiliar.

Esto obliga a abandonar los programas neutros que tratan la violencia como si afectara igual a toda la infancia. La evidencia recopilada por UNICEF muestra que las normas sociales que refuerzan la desigualdad de género y los desequilibrios de poder son factores de riesgo relevantes en la violencia contra niños, niñas y adolescentes, y que la prevención efectiva requiere reducir la desigualdad de género, transformar normas dañinas y trabajar desde enfoques sistémicos. Además, desde fapmi-ECPAT España se ha insistido en la necesidad de un enfoque interseccional, porque el género se cruza con la edad, la discapacidad, el origen, la situación socioeconómica o el entorno digital, aumentando la vulnerabilidad y también las barreras para pedir ayuda.

En este sentido, incorporar la perspectiva de género significa, en primer lugar, diagnosticar mejor. No basta con contar casos: hay que analizar qué violencias sufren más las niñas, cuáles afectan más a los niños, cómo operan los mandatos de masculinidad, qué riesgos específicos atraviesan las y los adolescentes y qué sucede con quienes viven discriminaciones múltiples.

Significa también diseñar de otra manera. Los programas preventivos deben incluir la educación afectivo-sexual integral, un trabajo específico sobre consentimiento, las relaciones igualitarias y el uso seguro de los entornos digitales; apoyo a la parentalidad positiva; formación especializada para profesionales; protocolos sensibles al género; y acciones comunitarias que cuestionen el sexismo, la cosificación, la tolerancia social a la violencia y los modelos de masculinidad ligados al control o al dominio.

Aplicar este enfoque implica, además, escuchar a la propia infancia y adolescencia. No puede haber prevención eficaz sin una participación real de quienes viven los riesgos en primera persona, especialmente en la adolescencia, donde se intensifican muchas violencias vinculadas al control, la sexualización, el acoso o la exposición digital. También implica asegurar que los recursos sean accesibles, confidenciales y seguros para todas y todos, y que la respuesta institucional no reproduzca estereotipos ni minimice relatos por razón de género, edad o identidad.

En este 8M, desde fapmi-ECPAT España hacemos un llamamiento para que la perspectiva de género deje de ser una nota al margen y pase a ocupar el centro de las estrategias de prevención. Proteger a la infancia y a la adolescencia exige promover el buentrato, reforzar la igualdad y actuar sobre las causas estructurales que sostienen la violencia. Porque no habrá prevención realmente eficaz mientras sigamos interviniendo como si todas las infancias vivieran los mismos riesgos de la misma manera.